Historia de la destrucción de la industria en Venezuela

Artículo original. 22 Agosto, 2015

Abramos un ligero paréntesis en el tratamiento de temas políticos para analizar las causas de la situación del país que agobia al pueblo venezolano. Llega el momento de comenzar a contar la historia verdadera, de otra manera, simple y resumida, en contra de la “historia oficial”. Hora de mostrar y difundir la historia de cómo se fue destruyendo la industria del país hasta dejarla como esta hoy, incapaz de abastecer plenamente el mercado de productos esenciales.

La inflación y el desabastecimiento son ya incontrolables. Resultado directo de años de pésimas políticas económicas de control y gasto: control de precios, control de cambios, control de la producción y distribución de productos, de tasas de interés, regulaciones económicas a diestra y siniestra. Gasto público creciente, superfluo e innecesario, que estimuló el consumo desenfrenado y una política de importaciones inimaginables, siderales, desleales a la industria nacional, que estimularon el empleo y la riqueza en otros países y las contuvieron en el nuestro, buscando acorralar y someter a la producción nacional. Ahora, tras la caída del ingreso petrolero se pretende la suspensión abrupta de esas importaciones y se habla de la política de “sustitución de importaciones”, ensayada ya en el país desde los años 60 del siglo pasado. Se restringen aun más las divisas, que no solo detienen la importación de bienes superfluos, sino también la de alimentos, medicinas, insumos y materias primas de todo tipo y esenciales para la industria venezolana. Resultado: más escasez, más desabastecimiento, más inflación… hambre en los sectores más empobrecidos.

Todo se resume en que el Gobierno que asumió en 1999, maestro como demostró ser en la propaganda y la manipulación de la verdad, ensayó en la industria la misma fórmula que ha fracasado siempre en Venezuela y en el mundo: estatismo desenfrenado; pero con un nuevo nombre, “Socialismo del Siglo XXI”.

Podemos decir que tres han sido las formas o etapas en las que el régimen chavista trato de implantar una “industria socialista nacional” y lo único que logró fue fortalecer una economía, llamada de puertos, insostenible sin altos ingresos en divisas e hizo al país más dependiente del ingreso petrolero:

– Al principio del régimen el estado, que no ha escarmentado de operar empresas arruinadas e ineficientes, abandonó la incipiente ruta “neoliberal” de la privatización y en los primeros tiempos del régimen chavista, trató de “rescatar” empresas que ya habían quebrado en manos del sector privado: una textilera, una convertidora de papel y una fábrica de válvulas. Fracaso total y rotundo, por una razón muy simple, el mercado no perdona a las empresas incompetentes, sea que estén en manos privadas, sean que estén en manos públicas.

– Tras este fracaso, ensayan otra “receta” del Socialismo del Siglo XXI, organizar en empresas, microempresas, cooperativas, o empresas de producción social (EPS) a quienes no pensaban ni actuaban con la lógica y racionalidad organizativa que da la producción y el mercado, bien porque nunca habían trabajado o bien porque nunca habían producido nada; ese experimento autogestionario solo podía conducir a un nuevo y estrepitoso fracaso, a un mero reparto de dinero y a un derroche de recursos innecesario, que solo logró a duras penas —y gracias a Dios, al menos— mitigar el hambre de algunos, pero sobretodo, incrementar la riqueza personal de los vivos de siempre, que aprovecharon para lucrarse, consumir, darse la gran vida, viajar, comprar camionetas y carros lujosos, aviones, apartamentos, casas de playa o simplemente fugar divisas.

– ¿Para qué seguir probando con empresas quebradas o tratando de organizar a quienes carecen de racionalidad para producir? —pareciera que se dijo a sí mismo el régimen— y emprendió otra estrategia: fue por las empresas que funcionaban. Comenzando por las que algún día fueron públicas y habían sido privatizadas, como la CANTV; o las que eran exitosas y bien gerenciadas, —la Electricidad de Caracas, cementeras y otras— y continuaron con una orgía de expropiaciones de empresas, fundos y haciendas.

En el caso de las empresas ahora “socialistas”, con una estrategia distinta a la fracasada cogestión, buscaron sentar a los trabajadores en sus directivas. Pero fracasan también, primero porque no fue el trabajador competente y experimentado al que llevaron a esas posiciones, —la selección no fue producto de elecciones libres, para que los trabajadores escogieran a sus representantes en esas directivas— sino que fueron seleccionados aquellos que eran “amigos del régimen”.

Mientras tanto, la empresa privada resistía al poderoso cerco tendido a su alrededor —leyes, normas, políticas, fiscalizaciones, intervenciones— con que el estado la agredía y que fueron desestimulando inversiones, propiciando el cierre de empresas y la pérdida de puestos de trabajo y haciendo que hoy tengamos 40% menos establecimientos industriales, es decir, 5.000 empresas y 140 mil empleos directos menos que los que teníamos en 1998.

Paralela a esta actividad “industrial” del estado socialista y la agresión contra el sector industrial privado, durante los últimos 15 años se fue modificando el marco jurídico del país —prácticamente todo el ordenamiento jurídico— con un solo propósito, limitar y restringir la iniciativa privada y el concepto de propiedad privada, creando múltiples formas, todas fracasadas, de propiedad social, común, colectiva, que no condujeron a nada, que no crearon riqueza, que no estimularon ni la inversión ni el empleo, sino el surgimiento a su alrededor de una capa de nuevos ricos, que usufructuaron los recursos, prestamos, y cometieron todo tipo de desmanes con propiedades arrebatadas a sus legítimos dueños.

Paralela a esa estrategia marchaba otra, la del miedo. La de “espantar burgueses”, con todo tipo de agresiones y desmanes en contra de las empresas y los empresarios, propalando todo tipo de rumores, cada uno más alarmista que el anterior, o proponiendo locuras, cosas que ya han fracasado en otros países. Si estas no funcionaban o si producían una resistencia no esperada, se retiraban de la discusión y en todo caso, servían como trapo rojo. El objetivo de atemorizar es claro, porque el régimen sabe que mientras exista en Venezuela un sector pensante, empresarios y emprendedores, industrias privadas que se resisten a la destrucción sistemática, una clase media participando, profesionales con capacidad, preparación e ideas, el Socialismo del Siglo XXI, lo que sea que eso signifique, peligra, porque habrá una alternativa racional.

Por eso hay persecución de disidentes y de empresarios, clausura de medios de comunicación —por vías “legales” o “paralegales”— amenazas a los periodistas, chantajes a las empresas, soborno a dirigentes empresariales ambiciosos o blandengues, cerco a la empresa privada, desestimulo a la inversión, amenazas con la absurda “guerra económica”. Gritos destemplados de militares en reuniones con empresarios, soldados con caras pintarrajeadas repitiendo en los desfiles la consigna de moda sobre el socialismo, la patria y la muerte; recordatorios recurrentes de unas milicias y de una “revolución” que es “pacífica” pero que esta armada.

Lo que está equivocado no son solo las estrategias, mal ejecutadas por ignorancia, ineficiencia y ambición. Lo equivocado es el modelo propuesto, el llamado Socialismo del Siglo XXI. Un modelo que fracasó en la Unión Soviética, en la Europa del Este, en China, Corea del Norte, Vietnam, en varios países africanos. Solo persiste en Cuba y un par de países más, pero a sangre y fuego.

Además, el régimen chavista se equivoca si piensa que la “riqueza” petrolera, hoy efímera, en manos de una incompetente “Nueva PDVSA Socialista”, es una especie de garantía, pues en muchos de los países en que se deshizo el socialismo comunista había estados más poderosos y con más riqueza que la petrolera nuestra, y sin embargo se derrumbaron tras años de someter a la miseria y represión a sus pueblos.

En el siglo XXI las ideas socialistas-comunistas muestran hoy un nuevo y rutilante fracaso, Venezuela.

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